Hoy una de esas palabras propuestas hace tiempo que se quedó en la lista como pendiente de un hueco en este sofá. Idriel Nandi la propuso desde un blog que anuncia una vuelta a los principios. Supe que esta palabra, antes o después merecería ser pronunciada aquí.
Palabra tabú, abolida, filtrada entre generaciones, tolerada, callada. Muerta y resucitada. Hoy esclavitud.
"Olympia", Manet
La fuerte ideología racista incrementaría el negocio esclavo. Negros defectuosos. Negros como animales. Jurídicamente como cosas, personalmente ni eso. Hay cosas a las que nunca tratarías así... la medalla de abuela, la camiseta de la suerte, la foto de aquel verano en la playa, el primer dibujo de Laura, ese libro dedicado, un vestido descubierto en el baúl del cuarto que repartimos en falda y camiseta, una entrada de un concierto de Springsteen... ¿acaso hay cosas que valen más que personas? De la misma forma que cuando empezabas a aprender a sumar te decían que peras no podían ser sumadas con manzanas, personas no pueden ser comparadas con cosas. Cada uno tiene un valor y un precio distinto. Administraciones locales, nacionales e internacionales que prácticamente no existen, no llegan fácilmente, no se oponen y no luchan contra ella. Falta de leyes, o su aplicación, que garanticen la igualdad y protección jurídica de las personas. Corrupción en los que deben controlarla. De nuevo poder y dinero... siempre acabamos cerca de ese fango, si no es metidos en él. Hacen que por muchos tratados y mucha abolición, siga existiendo la esclavitud en distintas formas, que todavía hoy sigamos en la compra-venta de personas. Sólo que ahora hemos cambiado cadenas y látigos por fondo monetario internacional y reservas naturales. Los eufemismos se multiplican como panes y peces.
Todos en algún momento y de alguna forma somos esclavos. Esclavos de un reloj que tiene prisa. Esclavos de nuestro trabajo, impuesto o elegido. Esclavos de sus manías. Esclavos del dinero, que siempre encoge cuando está a nuestro lado. Esclavos de la báscula de la moda. Esclavos de títulos que no traen formación. Vicios que nos hacen esclavos. Esclavos del "qué dirán". Esclavos de divanes ajenos que hacemos nuestros con un anónimo al que detallamos lo que no nos atrevemos a contarle al del espejo. Esclavos de la religión, de la fé, de no quedar mal con cada dios nuestro. Pero la peor esclavitud es aquella en la que terminas siendo esclavo de ti mismo.
Y tú, ¿qué palabra estás pensando ahora mismo?