Esta época del año me evoca a estar entre algodones. Ese compendio de frío ahí fuera, la noche a media tarde, y dentro del hogar la manta, el sofá, la infusión y las luces crean el ambiente. No sé calcetar, ni ganchillar, ni coser... y quizás tampoco tenga maña ni paciencia para este tipo de manualidades, pero a veces veo cada lana tan bonita que me la llevaría a casa aunque no supiese calcetar. Hay cosas que son tan cucas que uno se las llevaría consigo sin saber muy bien para qué. A ver, ¿a quién no le ha pasado alguna vez que ve algo (o alguien) le gusta y punto? Cuando algo te atrae no hay que buscar más porqués.
¿Pero es necesario seguir hablando de la palabra esta que tanto nos han bombardeado? He tenido dudas existenciales antes y espero seguir teniéndolas. Mi vida siempre ha estado llena de cambios, supongo que como la de cualquier humano que se sienta vivo. Y el mundo adulto siempre ha sido algo que me ha llamado la atención pero para verlo desde fuera, nada más. Es demasiado aburrido como para quedarse a vivir en él. La vida necesita un poco más del verbo disfrutar.
Ya ha llegado la Navidad. Y tengo la sensación de que este año está un poco congelada, como que está pasando desapercibida. Y yo que me he reconciliado con ella hace un par de años tengo que reconocer que me gusta cada vez más. A pesar de que este año mis días están siendo invadidos por tareas laborales no renunciaré a vivirlas con los que más quiero y por todo lo alto. Es Navidad, el colofón del año, y a los finales hay que cuidarlos tanto o más que a los comienzos. Nada es cómo empieza sino cómo termina, y voy a hacer todo lo que esté en mis manos mi mente para que este termine aún mejor de lo que ha comenzado.






