Hogar, dulce hogar... Siempre he creído que cada casa era un mundo aparte, que cada uno de esos pequeños mundos tenía la huella de quién lo habitaba. En mi época de estudiante, viviendo en diferentes casas, siempre intentaba darles mi esencia. Necesitaba sentir que volvía a la guarida cuando terminaba el día, o cuando simplemente me apetecía estar. Existir sin más en mi hábitat. Y es que no hay peor sensación que sentirse incómodo en tu propia casa.
Mi casa mira al sureste. Es la luz entrando por la ventana. Las flores, las plantas aromáticas que miran por la ventana. Es lo neutro con toques de color, y el color vivo con toques neutros. Es el olor a tarta de queso salida del horno. Una copa de vino para brindar porque ha sido un gran día. Es llegar, sacarse los zapatos y caminar descalza. Madera, alfombras. Una tarde bajo la manta en el sofá mientras azota la lluvia en la ventana. Son las sábanas limpias en una cama recién hecha. Mi bola del mundo dando luz. Son todos mis libros acomodándose por cada rincón, desde el salón a la habitación. Son las sobremesas con los que más quiero. Son las velas encendidas y dando olor, además de luz. Es un buen baño escuchando jazz. Es una siesta un domingo. Algo traído de un viaje, algo de un rastro. Olor a café, señal de que me visitan (no bebo café). Una tele apagada. Mi propio mundo.
Bienvenidos. Siéntanse como en casa.
¿Tu casa también habla de ti?¿Qué destacarías de tu mundo particular?

