Una tarta de tres chocolates que augura un feliz momento, al fin y al cabo, un gran año se construye a partir de felices momentos. Las velas indican que cumplo... los que quiera; porque como decía en el post anterior, la edad no es un número sino un estado mental.
La semana pasada fue intensa y arrolladora. Quería compartir todo lo que llevaba dentro, pero había tanta emoción que no terminaba de salir. Resumiré y, en próximos posts intentaré que todo vaya emergiendo poco a poco. El día 4 cumplí una primavera más, a los pocos minutos se iba ese arquitecto de lados incorrectos del que tantas veces os he hablado. En un intento de protección, desde Copenhague, decidieron que la noticia no llegase ese mismo día, por ser el día que era. Definitivamente, el último suspiro. El otro día en un amanecer gris empapado en insomnio, me levanté y me vine al sofá, colocando recuerdos sin saber cómo se hacía, comencé a llorar sin parar saturada por todo lo acumulado que sentía dentro, con el frío que deja el vacío alrededor. Luego pensé en las fiestas que teníamos planeadas para los siguientes días, y creí que tenían que continuar. Ahora más que nunca había que celebrar la vida, el momento con los que más quiero. Había que conmemorar que continuamos aquí y mejor todavía. Y celebrar que, pase lo que pase, nos tenemos y eso... sólo nosotros sabemos lo bonito que es. Gracias a tod@s por venir, por estar, por vuestras sonrisas con el alma, y por toda esa buena energía que habéis conseguido contagiarme. (Todavía nos quedan unos brindis pendientes para esta semana y no pienso perdonarlos).




