Despedida
La palabra en sí ya esboza la tristeza posada el aire. Ahora mismo es la última palabra en esa lista que confecciono con todas las que váis dejando esparcidas por el sofá. No podría tener lugar más acertado, despedida, al final.
Todos, al término, como la palabra, tendremos que irnos. La palabra sale de la lista al post, nosotros saldremos de aquí hacia... no sé dónde, ¿quién puede saberlo? Todos nos iremos, lo cual no conlleva que todos tengamos una despedida. No me refiero a ceremonias ni homenajes, por supuesto que no, hablo de un momento de intimidad en el que puedan estar allí únicamente los que tú quisieras ver antes de irte. Pero eso no siempre depende de uno mismo. Durante mi infancia y preadolescencia surgían aquellas corrientes catastróficas de que el mundo terminaría con el inicio de un nuevo milenio. Sin llegar a creérmelo, recuerdo cuando jugábamos a imaginar qué haríamos si supiésemos que mañana desaparecerá el planeta. Nada más sorprendente que descubrir todo lo que harían aquellos que me rodeaban. A pesar de que hay días en los que parecen haberse estancado los relojes, en un sólo día me temo que pocas cosas podríamos hacer, sobretodo sabiendo que es el último. No sabría si es mejor saberlo o no... ¿Cuántas veces pensando en la mañana de mañana hemos desperdiciado la tarde de hoy? De preveerlo, supongo cómo repartiría el día. Y supongo también que en ningún momento habría despedida. Con aquellos con los que estaría nunca habrá una despedida total. De la misma forma pasa con algunos lugares de los que jamás podrás decir adiós.
El mes pasado estaba en una de las casas que más recuerdos tengo y a pesar de las obras, de la pintura, del cambio de algunos muebles... para mi todo parecía intacto. Casi podría llegar a recordar el olor de aquellas tardes buscando en un baúl lleno de ropa mientras salía al balcón, primero se abría una parte de la cristalera, luego la otra... puedo llegar a recordar hasta el chirrío en la manilla. La mesa de madera, la máquina que cosía más recuerdos que vestidos. La mesa de mármol verde y vetas negras. Sus dos cajones. Mi cajón. Ábrelo y encontrarás todavía mis dibujos, mis textos, mis cartas que no encontraron destinatario. ¿Cómo puede haber una despedida de ese cajón?
Otra casa, otras obras, otra pintura. Otra casa que sigue reinventándose y, sin embargo, me encuentro en cada esquina de sus baldosas. Encuentro mi habitación esperándome azul, siempre azul, avanzada y distinta, con otras huellas pero podría firmarla como mía. Una cama que espera un fin de semana escondido, unas navidades que siempre llegan, un verano con su calor y sus noches de azotea. Y es que a veces la despedida surge así, de repente, sin ser conscientes de que está sucediendo el último día en aquel lugar, el último momento con esta persona. Como cuando termina el verano, siempre hay un día que vamos a la playa a tomar el sol sin saber que ese será el último día de sol del verano, volvemos a casa, quizás pensando que mañana regresaremos pero por unas cosas u otras ha sido el último sin darnos cuenta. Cuando nos quedamos sin despedida permanecemos entre vacíos y obnubilados barajando posibilidades de qué haríamos si volviesen a rodar la escena. Parece que como decía Napoleón "En la guerra como en el amor,para acabar,es necesario verse de cerca". Porque a pesar de lo feas que son las despedidas, el peor final es cuando no hubo despedida.
Ojizarka ha dejado la palabra, una blogger para la que nunca habrá despedida. Si estás pensando una palabra déjala por aquí para que a estos martes nunca llegue la despedida...