13 de junio de 2015

Celebrando la vida (con treinta)

Madres de amigas que regalan flores frescas para celebrar las treinta primaveras. Y amigos que me conocen muy, pero que muy bien, los regalos hablan por sí solos.  
Ya están aquí y para quedarse. Las treinta primaveras han llegado sin darme cuenta. Muchos me advertían de cómo pesa el cambio de década, de cómo a nivel mental uno se siente mayor de repente… Y yo, la verdad, me siento igual que hace dos semanas o dos meses. Quizás, en veinte años me pesen más las décadas pero ahora mismo… todavía no. El día 4 lleno de felicitaciones desde las primeras horas fui consciente. Treinta. Las celebraciones se han ido prolongando durante varios días, soplando velas diferentes y sí es cierto que se me ha quedado el poso ese de..."pero ya treinta?". Las celebraciones se terminan y yo todavía no soy consciente de cuántos años tengo. Y me da igual. Cada día tengo más claro que la edad es algo mental. Obvio que el cuerpo (y la mente) van desgastándose, pero también que nosotros determinamos la edad con nuestra actitud y nuestro ánimo. Podemos cambiarnos la forma de la nariz, estirarnos las arrugas, implantarnos unos dientes más perfectos, subirnos los pechos… La cirugía está al servicio de una sociedad que promociona y premia la eterna juventud. Y me parece maravilloso que todo ello sirva para que cada uno se retoque lo que considere. Pero eso no implica rejuvenecer. La edad la define el brillo de los ojos y, a día de hoy, todavía no existe una intervención quirúrgica para rejuvenecerlo.
Hubo varias velas en las que fui soplando deseos mientras distintas gargantas alrededor fueron cantándome "cumpleaños feliz". En realidad, el cumpleaños es una buena excusa para celebrar con los que más quieres y contigo mismo. Celebrar la vida. Llegan mis personas favoritas cargadas de buenos deseos, abrazos de oso, risas, comidas y cenas juntos con sobremesas que se prolongan. Brindis y más brindis por un año más. Tenemos todo lo necesario para celebrar y para seguir creando nuevos recuerdos; y ese es el fin de una buena vida: llegar al final con una inmensa colección de buenos momentos. Fue inevitable que durante el día no me acordase una y mil veces de mi arquitecto de lados incorrectos. Este mismo día que yo cumplía treinta primaveras hacía dos que él se había ido, también con treinta. Y fue de nuevo imposible que cuando las luces se apagaron las lágrimas no corriesen mejilla abajo como si de una carrera se tratase. Sentí durante todo el día un sentimiento ambivalente: feliz y afortunada por todo y por tanto; y triste por el vacío dejado y por una partida tan temprana. Pero quizás, era también el motivo más pesado que me empujaba a celebrar la vida, a vivir el momento como él lo haría y lo seguiría haciendo. Recordar de nuevo que esto termina en el momento menos pensado y sin vuelta atrás. Así que nos hemos pintado los labios, las uñas, las pestañas y el alma. Nos hemos puesto guapos para la foto y una cámara llega para inmortalizar todos los momentos que merezca la pena recordar. Y muchos libros, para ir muy lejos sin movernos de este sofá para hablar.

Gracias, gracias, gracias. Por todo y por tanto. 

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Cuenta lo que quieras, recuerda que esto es "un sofá para hablar"...

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