El tiempo se derrama constante e inexorable, mientras nosotros hacemos intentos por aceptarlo y comprenderlo. En veintitrés días comenzará un nuevo año, un año más que será feliz e infeliz; será igual, mejor o peor que el que se agota; o quizás las tres cosas. Me refiero a que el año que empieza, el 2012, será prefecto e imperfecto a la vez. Como lo ha sido este, y el 2010, y el 2009, y el 2008… Sí, porque así es como sucede la realidad: un continúo entre el blanco más blanco y el negro más negro que ocupan mezclas de grises además de sumarle el color del cristal con el que cada uno mira.
La vida con todos esos altibajos y revueltas mientras cada uno lleva su historia bajo el brazo, como una libreta llena de notas que sólo nosotros mismos sabemos leer mejor que nadie, aunque no siempre lo parezca.
Pasamos por todos los estados emocionales posibles casi a diario. Me levanto pesimista, de ocho a diez de la mañana, pensando que es horrible madrugar, ir al trabajo, salir ahí fuera, adetrarse en el mundo; luego, de diez a doce soy optimista ya sumergida en mis tareas, con el tímido sol de invierno que se hace paso entre nubes, valorando que la mañana ha sido provechosa y visualizando la tarde como algo lejano en el que parece que todo tendrá cabida; de doce a tres vuelvo a ser pesimista no encontrando el hueco en el que comer, quizás alguna reunión incrustada y sorpresa, ya estando inmersa en la tarde, con el sueño propio de las tres, y con las ganas cero de las tres; de tres a seis soy optimista de nuevo, emprendiendo la segunda parte del día que pasa ajetreado, pensando que hoy terminaré antes y todavía quedarán horas para ser gastadas como yo, y sólo yo, decida; de seis a ocho soy pesimista, con la noche temprana, viendo frustradas las ideas anteriores, y sabiendo que hoy me retrasaré en la cita conmigo misma; de ocho a once soy irremediablemente optimista poniendo feliz colofón al día, en contacto con algunas de mis burbujas, con la cena compartida, pulsando el botón para eliminar todo lo que no me ha gustado, y planeando un mañana perfecto, que no se cumplirá pero dá igual, es mi momento optimista. De once a una soy pesimista viendo como se ha escapado el día, vislumbrando expectativas imposibles en mañana y pensando que queda un eterno pasillo hasta la cama. A pesar de eso, hay segundos optimistas dentro del pesimismo.
Por eso para hacer balance debemos darnos plazos, la recompensa no se verá hasta que ha pasado cierto tiempo. Y vivimos en el tiempo en el que casi nadie tiene paciencia, se desean (y se exigen) resultados ya, aquí y ahora, y eso, desafortunadamente, no siempre es factible. Así que pasamos de la alegría al llanto, de las risas a las lágrimas con la misma sencillez que a un anuncio de ayuda humanitaria al tercer mundo, le sucede otro que promociona Gran Hermano, o ése todoterreno que salpica moda, el que surcará las adversidades del asfalto para salvarnos. Pero siempre pasa algo, siempre hay algo que nos arruina el día; o nos lo resuelve.
Tu mujer te dice que te quiere, pero haces un esguince; te pagan lo que te deben, pero pierdes la cartera; acabas de pagar la última letra del coche, pero te sube otra vez la hipoteca; te deja el amor de tu vida, pero al doblar la esquina conoces a la persona más maravillosa de la tierra. Y así, día tras día hasta que ya no existen vicisitudes, hasta que la existencia se va diluyendo en la noche más eterna, llena de calma. Se apagan las máquinas que nos sirven de vínculo con la vida y ya sólo se escucha un pitido agudo y continuo que anuncia el final.

La vida con todos esos altibajos y revueltas mientras cada uno lleva su historia bajo el brazo, como una libreta llena de notas que sólo nosotros mismos sabemos leer mejor que nadie, aunque no siempre lo parezca.
Pasamos por todos los estados emocionales posibles casi a diario. Me levanto pesimista, de ocho a diez de la mañana, pensando que es horrible madrugar, ir al trabajo, salir ahí fuera, adetrarse en el mundo; luego, de diez a doce soy optimista ya sumergida en mis tareas, con el tímido sol de invierno que se hace paso entre nubes, valorando que la mañana ha sido provechosa y visualizando la tarde como algo lejano en el que parece que todo tendrá cabida; de doce a tres vuelvo a ser pesimista no encontrando el hueco en el que comer, quizás alguna reunión incrustada y sorpresa, ya estando inmersa en la tarde, con el sueño propio de las tres, y con las ganas cero de las tres; de tres a seis soy optimista de nuevo, emprendiendo la segunda parte del día que pasa ajetreado, pensando que hoy terminaré antes y todavía quedarán horas para ser gastadas como yo, y sólo yo, decida; de seis a ocho soy pesimista, con la noche temprana, viendo frustradas las ideas anteriores, y sabiendo que hoy me retrasaré en la cita conmigo misma; de ocho a once soy irremediablemente optimista poniendo feliz colofón al día, en contacto con algunas de mis burbujas, con la cena compartida, pulsando el botón para eliminar todo lo que no me ha gustado, y planeando un mañana perfecto, que no se cumplirá pero dá igual, es mi momento optimista. De once a una soy pesimista viendo como se ha escapado el día, vislumbrando expectativas imposibles en mañana y pensando que queda un eterno pasillo hasta la cama. A pesar de eso, hay segundos optimistas dentro del pesimismo.
Por eso para hacer balance debemos darnos plazos, la recompensa no se verá hasta que ha pasado cierto tiempo. Y vivimos en el tiempo en el que casi nadie tiene paciencia, se desean (y se exigen) resultados ya, aquí y ahora, y eso, desafortunadamente, no siempre es factible. Así que pasamos de la alegría al llanto, de las risas a las lágrimas con la misma sencillez que a un anuncio de ayuda humanitaria al tercer mundo, le sucede otro que promociona Gran Hermano, o ése todoterreno que salpica moda, el que surcará las adversidades del asfalto para salvarnos. Pero siempre pasa algo, siempre hay algo que nos arruina el día; o nos lo resuelve.
Tu mujer te dice que te quiere, pero haces un esguince; te pagan lo que te deben, pero pierdes la cartera; acabas de pagar la última letra del coche, pero te sube otra vez la hipoteca; te deja el amor de tu vida, pero al doblar la esquina conoces a la persona más maravillosa de la tierra. Y así, día tras día hasta que ya no existen vicisitudes, hasta que la existencia se va diluyendo en la noche más eterna, llena de calma. Se apagan las máquinas que nos sirven de vínculo con la vida y ya sólo se escucha un pitido agudo y continuo que anuncia el final.


