El otro día paseaba por la calle Fuencarral cuando se me acercaron dos mujeres, una de ellas con micrófono en mano me pregunta si les contestaría a unas cuestiones. Acepto. La pregunta era: ¿Cómo te imaginas una fiesta en el cielo? Y mi mente se quedó en blanco, como las nubes de ese cielo que estaba imaginando. "Una fiesta en el cielo..." Pienso. Había más preguntas, ¿quiénes estarían? ¿cómo irían vestidos?... No llegaba a poder ver quiénes estarían, ni cómo irían vestidos. Sólo llegaba la idea de un clima de felicidad. Una idea dispersa de la felicidad invadió mi mente. Aquí y hoy, la felicidad nos desborda en el sofá.
Pequeños momentos que vamos viviendo y archivando en nuestra propia maleta, los que construyen una vida feliz. Suena a tópico pero sin la capacidad de disfrutar de lo pequeño, lo grande nos pasa desapercibido. Utilizamos el presente para planear el incierto futuro, cuando llega el futuro esos planes se llevan a cabo o no, pero continuamos planeando,y mientras hacíamos planes se nos olvidó ser felices. A mi me ha pasado,¿y a ti? Luego, la vida te lleva a lo impensable y ahí entiendes que sólo hay una forma: ser feliz. Encontrando aquello que nos aporta felicidad y, por supuesto, encontrándola en uno mismo. Igual que un árbol encuentra la felicidad en un rayo de sol y florece. Tarea que a veces se nos vuelve difícil, por la apatía o la desesperación que en determinados momentos nos invaden, pero no imposible. Sucede, advierto que eso sucede, y entonces uno prueba a qué sabe la felicidad.











