Agosto me deja los desayunos con calma; de esos que se vuelven casi almuerzo por la tardanza en levantarse y el sosiego con el que nos lo tomamos. Noches de verano, para dormir con la ventana abierta y escuchar al grillo que canta en el jardín. Mañanas que amanecen a pleno sol y un despertador que duerme. Un anillo con una piedra verde aguamarina, unos cojines nuevos en este sofá para hablar, y unas margaritas de color lila. Agosto me deja unos aceites olorosísimos de lavanda y de rosa, regalo de mamá, de tacto seco, suave y con fácil absorción. Agosto nos deja nuevos "electrodomésticos" porque a algunas cosas (como desde donde os estoy escribiendo) a esas alturas de la historia, ya podemos llamarles electrodomésticos.
Agosto ha dejado mucho más, demasiado para entrar en un post, así que en este caso segundas partes serán mejores. Se termina el tiempo de recreo, para quién lo tuvo; otros quizás lo comiencen ahora, escapando al intenso calor y a las grandes aglomeraciones por dondequiera que vayas. Y yo me quedo ahí, en medio entre unos y otros, comenzando Septiembre con muchas ganas pero sin prisas; disfrutando de las tardes de sol que terminan antes pero no menos apetecibles; de los paseos en noches que llegan temprano pero no más frías. Agosto nos dejó las lecturas bajo el sol, las siestas en el campo, los paseos por la playa sola y con amigos, el viaje, los reencuentros, las comidas familiares... Nos dejó las ganas, la ilusión y la sonrisa para recibir a un mes con el que pienso reconciliarme como se merece. Querido Septiembre, tú y yo estamos aquí para ser mucho más que dos.








