si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
M.Benedetti
Estoy convencida de que en las relaciones interpersonales el "uno y uno, dos" no siempre se cumple, pero en el amor la probabilidad desciende todavía más. Uno y uno puede ser cero. Otras veces, mucho más que dos. Incluso existe la posibilidad de que sean uno y medio: uno que impulsa y otro que se deja llevar, como una media persona. Siempre a la espera de la llamada, del paso ajeno, de la palabra del otro. Esperando a que nos quiera para quererle. Siempre condicionados por la mirada del otro para actuar de una u otra forma, tanto que a veces los corazones se quedan mudos con su pensamiento guardado para la siguiente ocasión. El sol brilla espléndido ahí arriba. ¿Sabe que yo le esperaba hoy más que nunca, en esta mañana de Febrero? posiblemente no... Todos deberíamos de seguir esa idea, crear lo que mejor sabemos sin reparar si alguien está mirando, entonces, sin enterarnos habrá alguien ahí... admirando. Cómplices porque se han sacado los antifaces y tienen su propio código. Amor porque han dejado sobre la mesa los afectos, la entrega, las caricias y la voluntad. Todo porque saben que están desnudos, sin armas y ya no tienen miedo. Cuando se dan las tres premisas, la calle se para para dejarles paso. Cada una de las historias de amor tiene algo que nos asoma a la eternidad y al motivo de la existencia, porque las historias de amor esconden muchos de los secretos del mundo.
Feliz domingo!
Y vos, ¿por qué la/lo quieres? "Si te quiero es porque sos..." (cubre con la palabra/expresión que evoca tu mente y... házselo saber!!)













































Los pueblos mediterráneos dispuestos a matar a las dictaduras que los han tenido bajo su yugo durante años. 2011 vió la salida por la puerta de atrás de un "cavalieri". Vió como el euro se tambaleaba en un fino alamabre al borde del precicipio. Y para tambaleo el que sufrió la plácida Noruega, con una isla tintada de rojo que firmó un sólo autor. 2011 le dolía el estómago viendo un tsunami y un terremoto que quería llevarse por delante a Japón, pero es demasiado para que puedan con él. Queda Japón para mucho. Ahora, con el final, llora viendo como el fuego arrasa Chile. ¡Cuánto duele la naturaleza! La monarquía más antigüa de Europa se casa y, de nuevo, una princesa del pueblo. 2011 nos mantuvo pendientes de la cuna de nuestra civilización, Grecia en el punto de mira. Amy Winehouse cantó su adiós. También dijo adiós aquel Jobs que escogió el símbolo del pecado para hacer su propia religión: Apple. En España nos deja a sesenta mujeres más muertas, víctimas de violencia de género, ¿hasta cuándo?; a una Eta que deja las armas, de nuevo cuestión de fé; y una mayoría absoluta en el que era el partido de la oposición, no sé si han decidido castigar o es que necesitan saber qué sucedía con el cambio. También, a un yerno que se escapó con el dinero más allá del charco. 2011 vió a unos indignados, junto con la primavera árabe, que han sido declarados personajes del año por una las publicaciones más influyentes.
Como siempre, ha sido un año de cambios, porque eso debe de ser un año: cambio. Símbolo de que estamos vivos. Ha sido un año de rebelión. De las personas a la naturaleza han decidido protestar, cada uno con su razón. Y luego, nos deja un 2011 propio de cada uno, una mezcla del que compartimos, del que vivimos y del que decidimos crear.
Vulnerable, a disposición del viento, de la naturaleza, de las decisiones del otro e incluso de las nuestras. Vulnerable, sin poder saber lo que el otro piensa, quizás en un instante crucial en su vida. Vulnerable sin poder conmoverte como él se conmueve, aunque lo intentes. Expertos alpinistas dicen que cuando se superan los 7.000 metros uno depende de sí mismo. Pero los 7.000 metros pueden estar más cerca que esos colosos que se levantan en Nepal y alrededores. Ascendiendo nuestros diarios “ochomiles” propios, esfuerzo y altitud nos dejan a veces sin aire. Miramos atrás, sabiendo que no podremos volver al pasado, incluso puede que lo que nos encontremos no sea de nuestro agrado, o incluso peor, que nos impida seguir avanzando. Pero, cuando nadie nos ve, siempre terminamos mirando atrás.
Reflexionando y deliberando sobre el más simple de los asuntos, podríamos llegar a la conclusión de que todo en esta vida se vuelve absurdo menos la vida en sí, sin ella no existiría la posibilidad de reflexionar ni de deliberar esos más simples asuntos que se nos tornan cotidianos. La vida, vivir, ese continuar la andanza, puede llegar a dar vértigo si uno la coloca pieza a pieza en silencio o, delante de un desconocido. Ese vértigo se sufre cuando se llega a lo más alto de lo que jamás se creyó alcanzar. Y un día aparecen las dificultades: nos preguntamos quiénes somos y a dónde vamos, también el cómo y el porqué.
Sin embargo, nos zambullimos en cosas con verídica pasión en la que la mínima racionalización no sería ni pensable. Somos hinchas de un equipo de fútbol, seguidores de un grupo música; releemos algunos textos hasta que se guardan, sin darnos cuenta, en nuestra memoria; conocemos ciudades y lugares buscando el que nos susurre "quédate"; escalamos montañas, cantamos mientras ordenamos la habitación, y todas y cada una de esas acciones llenan nuestros vacíos y nos acompañan durante toda nuestra existencia. Encontramos el goce en compartirlas, pero el goce está en sentirnos menos solos de lo que realmente estamos. Las llenamos de significado y, sobretodo, calmamos nuestra angustia existencial con ellas. Porque así es como llegamos, como estamos y cómo nos iremos: solos. Y así es como somos: vulnerables. En el Himalaya o en el sofá del salón, en el quirófano o en la barra de cualquier bar. Y a veces, cuando más gente hay, más solos estamos. Será por eso que de vez en cuando, huimos hacia delante; y tal vez rebuscamos los lugares más aislados y lejanos: para