
Empezar pensando en una maravillosa tarta de chocolate casera es el mejor de los principios. Quizás sea lo que más me gusta, esas eternas sobremesas en las que parece que el tiempo se vuelve eterno con el postre. Risas, conversación y postre esperando a ese señor gordito y vestido de rojo que premiará o castigará según su criterio. Pero cuando pequeñas princesitas están sentadas a tu lado con la impaciencia bajo su asiento entonces Papá Noel se siente más cercano. Con él llega el fin de la cena, para comenzar el principio de la noche de la ilusión. Y así, fin de la cena de Navidad. Y este, también es el mejor de los finales.
Mañana esta carta llegará a un buzón, a uno de esos buzones que no esperan y serán sorprendidos. A una destinataria que tampoco espera esta carta. Una de esas 52 cartas pertenecientes al proyecto del que os hablé aquí y aquí. El sobre fabricado por mi, unos folios con colores, con letras y, sobretodo, con mensaje. Otra carta llegará a otro buzón que espera, a otra destinataria que espera. Y que sé de antemano la alegría que causará en ella. Por ello la he escrito y personalizado con tanto mimo. Las cosas con mimo tienen la facilidad de quedarse guardadas en nuestro baúl de los mejores recuerdos. Vamos a crear buenos recuerdos en nuestras burbujas preferidas. Está tan bien crear esos estallidos de alegría en los que más quieres...
Una vela que huele a jazmín. Aquí no hay que añadir más que un enoooooorme me encanta. Tengo que estrenarla, quedarme con el olor y con estas navidades del 2011 que pronosticaba que serían diferentes y mejoradas, y así lo han sido. Encenderla, oler, guardar. Cuántos recuerdos puede registrar el olfato. Me encanta que los recuerdos tengan olor.
La niña boluda a la que le debo un post empezado desde hace tiempo. ¿Será antes de que termine el año? Me encanta Mafalda. No puedo decir más, si lo dijese luego me repetiría en el post y... odio tanto las repeticiones... Se ha colocado algo más de ella en una de las estanterías de mi casa para estos últimos días del año relea algunas de sus tiras. Para que estos últimos días del año vuelva a cualquier rincón del pasado. Viva Mafalda!!
Una agenda para este año 2012 en la que anotar los buenos días, en la que tachar los malos, en la que planear las tardes al sol, y en la que dejar hueco libre para las mañanas de los domingos para dormir plácidamente. Y un año más, una agenda de Maitena, la ilustradora argentina que me enamoró hace ya muchos años y, fue para siempre. Esas mujeres alteradas de las que hablaba creaban en mi la risa en el alma.Mañana empezaremos la última semana, el último lunes de este 2011 que ha volado ante nuestra quieta mirada. Caminamos al final, a un final que se volverá principio, como siempre sucede.. Terminar para empezar lo siguiente, avocados a un nuevo final. ¿Nos queda algo pendiente por hacer en este 2011? Puede que aún estemos a tiempo. Sin titubeos,caminemos una feliz última semana...






Antes hablábamos de creer, quizás creyendo creamos sin saberlo. Creamos, al menos, de forma mental la ilusión, el suceso. Vamos a creer en la buena suerte, pero sólo y únicamente en la buena. Vamos a salir, perfumados, a buscarla pero predispuestos a encontrarla. Suerte también es nuestra postura ante la vida. 





La vida con todos esos altibajos y revueltas mientras cada uno lleva su historia bajo el brazo, como una libreta llena de notas que sólo nosotros mismos sabemos leer mejor que nadie, aunque no siempre lo parezca.
Pasamos por todos los estados emocionales posibles casi a diario. Me levanto pesimista, de ocho a diez de la mañana, pensando que es horrible madrugar, ir al trabajo, salir ahí fuera, adetrarse en el mundo; luego, de diez a doce soy optimista ya sumergida en mis tareas, con el tímido sol de invierno que se hace paso entre nubes, valorando que la mañana ha sido provechosa y visualizando la tarde como algo lejano en el que parece que todo tendrá cabida; de doce a tres vuelvo a ser pesimista no encontrando el hueco en el que comer, quizás alguna reunión incrustada y sorpresa, ya estando inmersa en la tarde, con el sueño propio de las tres, y con las ganas cero de las tres; de tres a seis soy optimista de nuevo, emprendiendo la segunda parte del día que pasa ajetreado, pensando que hoy terminaré antes y todavía quedarán horas para ser gastadas como yo, y sólo yo, decida; de seis a ocho soy pesimista, con la noche temprana, viendo frustradas las ideas anteriores, y sabiendo que hoy me retrasaré en la cita conmigo misma; de ocho a once soy irremediablemente optimista poniendo feliz colofón al día, en contacto con algunas de mis burbujas, con la cena compartida, pulsando el botón para eliminar todo lo que no me ha gustado, y planeando un mañana perfecto, que no se cumplirá pero dá igual, es mi momento optimista. De once a una soy pesimista viendo como se ha escapado el día, vislumbrando expectativas imposibles en mañana y pensando que queda un eterno pasillo hasta la cama. A pesar de eso, hay segundos optimistas dentro del pesimismo.
Por eso para hacer balance debemos darnos plazos, la recompensa no se verá hasta que ha pasado cierto tiempo. Y vivimos en el tiempo en el que casi nadie tiene paciencia, se desean (y se exigen) resultados ya, aquí y ahora, y eso, desafortunadamente, no siempre es factible. Así que pasamos de la alegría al llanto, de las risas a las lágrimas con la misma sencillez que a un anuncio de ayuda humanitaria al tercer mundo, le sucede otro que promociona Gran Hermano, o ése todoterreno que salpica moda, el que surcará las adversidades del asfalto para salvarnos. Pero siempre pasa algo, siempre hay algo que nos arruina el día; o nos lo resuelve.
Tu mujer te dice que te quiere, pero haces un esguince; te pagan lo que te deben, pero pierdes la cartera; acabas de pagar la última letra del coche, pero te sube otra vez la hipoteca; te deja el amor de tu vida, pero al doblar la esquina conoces a la persona más maravillosa de la tierra. Y así, día tras día hasta que ya no existen vicisitudes, hasta que la existencia se va diluyendo en la noche más eterna, llena de calma. Se apagan las máquinas que nos sirven de vínculo con la vida y ya sólo se escucha un pitido agudo y continuo que anuncia el final.
Aquello llamado "carné de identidad", el nombre no podía ser más descriptivo, ahí nos volvemos un número, cada uno con su propia clave en el intento de
La imagen corporal adquiere gran importancia en la 

Y así se firman
En aquellas